miércoles 30 de septiembre de 2009

Nos dieron las cuerdas

Nos dieron las cuerdas
Por: Criseida Santos Guevara

El que mucho habla, mucho yerra, dicen.
O tal vez no, digo.

Primer acto
Quiero hacerte vibrar. Eso planeo decirle a la secretaria de Presidencia luego de tomarla por la cintura y verla con ojos de Mauricio Garcés mientras suena una pista musical salida sabe Dios de dónde, y yo con mi vozarrón de Lola Beltrán entono Bésame, Bésame Mucho y ella no podrá más que admirarme y caer rendida a mis brazos. Lo curioso es que a pesar de la dificultad que esta fantasía representa en la vida real, siempre he pensado que algún día lo haré.
Hace un año entré a trabajar al Departamento de Contabilidad de una empresa por recomendación de un amigo de mis padres que ya hartos de tanta holgazanería (mía, supongo), suplicaron al Compadre Benito ejercer un poco de influencia con esa gente de la cual se regocijaba en tener tratos. Luego de un par de lambisconerías y quién sabe, tal vez también luego de haberle lamido el culo a un par de altos mandos, entré yo para realizar “labores de oficina” aun cuando mi pereza me había imposibilitado terminar la preparatoria. Eso sí, me cansé de aclarar en la inútil entrevista de trabajo a la cual fui citada que la razón por la cual no había concluido mis estudios no estaba relacionada ni tantito con mi capacidad de aprendizaje, mis habilidades, mi talento, ni mi cultura general, la cual por desgracia era bastante general y que esperaba no tener que demostrarla jugando Maratón con el jefe de Recursos Humanos o con los empleados de Nóminas. Después de esto, fui consignada a un escritorio cuyo único paisaje era una pared que algún día fue blanca. Me asignaron una tarea que implicaba sobres y hojas tamaño doble carta y cotejo de información en un monitor. Y aunque sospecho que la gente arribista y cuasi aviadora como yo nunca es bien recibida, estoy segura que mi labor se limitaba a eso porque no se le asigna un libro de contabilidad ni mucho menos a nadie cuya única habilidad es responder con acierto con qué nombres fue fundada la capital de Nuevo León antes de llamarse la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey.
La situación llegó a un punto predecible. Algunos días no había sobres, otros tantos no había hojas tamaño doble carta, y el resto la información o no existía o no podía ser cotejada. Y como ese tipo de empresa se ufana de tener políticas de contratación y de permanencia muy serias, la obligación de cumplir el horario de pé a pá era incuestionable a pesar de mi rotunda inactividad.
Yo tenía un chorro de voz, pero en la oficina ni cantaba ni pronunciaba frases, las guardaba con avaricia para el momento arriba citado, para cuando los primeros acordes de Bésame, Bésame Mucho sonaran en un altavoz como seña inequívoca de que el momento de tomar a la secretaria por el talle había llegado.
En esos días no encontraba una razón poderosa para enunciar palabra alguna. Incluso mi talento para el silencio fue una piedra labrada con suma parsimonia y paciencia, pues no es cosa fácil ingeniárselas para dar a entender que has comprendido la tarea asignada sin musitar por lo menos un débil monosílabo. Aislada del mundo como estaba durante tramposas diez horas (ocho para trabajar y dos para comer; una hamburguesa en la oficina bastaba porque tampoco era admisible, decían los jefes, andar haciendo vida social en restaurantes mientras teníamos trabajo hasta el copete), poco a poco fui perdiendo la elasticidad de la garganta.
Un día, cuando por casualidad me encontré con el Compadre Benito en una maquinita de snacks noté un ligero dolor en las cuerdas vocales pero de inmediato lo adjudiqué a la insana temperatura del Departamento de Contabilidad que rondaba tal vez los diez grados centígrados. Solo aclaré la garganta y dije “bien”, acto seguido introduje cuatro pesos con cincuenta centavos y me concentré en ver los espirales negros moverse y dejar en caída libre unas Barritas de fresa.
Al cabo de una semana de aquel encuentro fugaz con el Compadre Benito, el mal humor me invadió originado en gran parte por el dolor en la garganta que parecía anunciar los inicios de un resfriado. Ahí las cosas adquirieron un giro auto compasivo, dado que no hablaba porque me dolía la garganta y la garganta no me dejaba de doler porque no la ejercitaba; era, cabe aclarar, un dolor parecido al del abdomen luego de doscientas inútiles flexiones. En esa semana fue que ocurrió el suceso. Al cabo de terminar mi jornada en el Departamento de Contabilidad, salí cuando los últimos rayos de sol se disponían a esconderse y me dirigí hacia el automóvil modelo 96 que hace ya más de doce años mis padres me habían obsequiado con motivo de mi último semestre en la preparatoria. Abrí la puerta y tras echarlo andar, sintonicé el radio en una estación grupera porque andaba de ánimo nicolaíta y según yo, el ánimo nicolaíta exige una buena dosis de música de banda y norteña y todas esas cosas folclóricas. Resulta pues, que pasaron una canción de Bronco en el radio y quise cantarla, sin embargo la voz me salió como hilito de agua, como cuando tenía nueve años y en Monterrey racionaban el agua durante todo el día porque pasaban los meses y ni una gota de lluvia se evaporaba en el comal ardiente que era el pavimento.
No eché de menos mi voz en los próximos cuatro días, es más, dudo que alguien lo hubiera notado. Con algo de enojo pero con bastante resignación, me adapté a mi nueva vida en la cual hablar era un asunto secundario. Al cabo del tiempo el dolor desapareció y me instalé en una agradable comodidad.
Pensé que nunca iba a lamentar el hecho de haber perdido con tanta facilidad la capacidad de habla, pero pasó entonces que un buen día entré en la oficina y vi el siempre redondeado trasero de la secretaria de Presidencia contonearse enfrente mío, sería redundante decir que me quedé muda ante el espectáculo. No obstante el verdadero drama empezó cuando, ve tú a saber de dónde, el primer compás de Bésame, Bésame Mucho se oyó en la escena. Pensé, en lo que se me ocurría algo mejor, que varias tazas consecutivas de té de manzanilla y una buena vocalización en el baño me pondrían a tono con la situación.

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